La luz cegadora

Adolfo González era, según sus vecinos, un chico muy normal. Bien educado y amable, abría la puerta a los mayores, saludaba atentamente, separaba las basuras en los contenedores de color… Nadie tenía queja alguna. Era un chico muy normal hasta que un tráiler de seis ejes que venía de Almería cargado con nueve vigas de hormigón de 12 metros perdió el control y cuatro de ellas cayeron sobre su Mazda MX2 cabrio en el km 13 de la A-1 dirección San Sebastián de Los Reyes, cuando cantaba with or without you, sonando a todo volumen en su radiocassette Aiwa.
Horas después, el operario de la grúa ya había conseguido levantar la última de las vigas y les llegaba el turno a los bomberos. Chapa, cuero, cristal de parabrisas, cristal de Nokia, neumático Dunlop, U2, pelos castaños, tela de Levi’s 501, plástico… Todo era uno, y de un espesor no mayor de 12 cm.
 
No está demasiado claro qué parte de Adolfo vio la brillante luz, pero la vio. Y también la escuchó. Una luz cegadora que se dirigió a él con una voz profunda y le transmitió paz y tranquilidad desde el mechón de pelo pegado a la palanca del limpiaparabrisas, hasta el dedo pequeño del pie que ya formaba parte de la pastilla de freno marca Bendix de la rueda delantera izquierda.
 
– “Adolfo, has tenido una vida plena, con experiencias y alegrías, pero demasiado corta. A veces las circunstancias nos conducen a un desenlace injusto y, por desgracia, no siempre está en nuestra mano cambiarlas. Pero esta vez has tenido suerte y te voy a dar otra oportunidad, algo excepcional que no todos tienen la fortuna de disfrutar. Adolfo, vas a volver a la tierra pero, para no asustar a los familiares que te vieron morir, tendrá que ser en otra época. La primera que se te pase por la cabeza será la elegida”.
 
Adolfo se consideraba un cromagnon afortunado mientras corría alegremente por la orilla de la laguna, luciendo ágil y fuerte con su lanza de madera y hueso fabricada por él mismo. Vestía una flamante piel de búfalo y se sentía libre, sagaz y lleno de energía. Regresaba hacia su cueva cuando se detuvo un instante arrodillándose para beber en la orilla de la laguna. Fue al levantar la vista cuando a lo lejos divisó a una bonita hembra que desnuda se atusaba el cabello. Era una belleza espectacular y primitiva. Primitiva como el tigre dientes de sable (smilodon) que saltó con sus garras sobre él, atravesándole la espalda y desgarrando sus pulmones. Adolfo agitó sus brazos fuertemente contra el agua y, mientras escupía abundate sangre por la boca alargó el brazo desesperadamente en busca de su lanza. A punto estaba de alcanzarla cuando un cocodrilo de dos toneladas, también muy primitivo él, surgió del fango y le arrancó medio tronco sumergiéndose rápidamente, y dejando como única presa para el tigre dientes de sable los pocos restos del tren inferior de Adolfo de pantorrilla para abajo. No se sabe cuál de las dos mitades de Adolfo fue, pero una de ellas vio una brillante luz cegadora.
 
El mar estaba picado y el viento soplaba con fuerza. El ambiente entre la tripulación era hostil, hacía semanas que el capitán había anunciado la llegada a las Indias y nada parecía indicar que estuvieran cerca de llegar a puerto. Todos se alinearon para recibir el cuenco de madera con la escasa ración diaria de rancho. El hambre y el sol eran una mezcla insoportable. Adolfo vestía como el resto de marineros, pero con aspecto más cuidado. Peinado, afeitado y con la camisa metida por dentro del pantalón. Decidió comer su ración en una barandilla a babor, junto a uno de los marineros que parecía más amable. El marinero le sonrió, le dio unas palmaditas en el hombro y, sujetando el cuenco, le tiró por la borda. Adolfo cayó al mar ya sin conocimiento después de golpearse en la cabeza con el casco de la carabela. No se escuchó ningún grito de auxilio, ni ningún “¡hombre al agua!”. Sus sesos flotando no tardaron en alertar a una multitud de peces de diferentes tamaños, colores y texturas que se apuntaron al festín. Milésimas de segundo antes de que el último pedacito fuese engullido por una sardinita de unos 100grs, una brillante luz cegadora pudo verse bajo el agua.
 
¡Lleva estas ballestas al torreón, novato! ¡El enemigo está trepando por la muralla sur! – Le gritó en la cara un tipo sucio con armadura, nariz rota, mal aliento y yelmo agujereado. Adolfo cogió las ballestas y corrió por la almena del muro oeste entre flechas silvando, gritos y explosiones. El castillo estaba sitiado y el hedor a aceite hirviendo y carne quemada era insoportable. Fue tras atravesar el torreón, mientras bajaba los grandes peldaños que conducían a la muralla sur, cuando resbaló con el charco de aceite. Un crujido en la pierna seguido de un fuerte golpe en las costillas acabaron con las ballestas desparramadas. Un chasquido en el cuello fue lo último que escuchó antes de caer en la olla de aceite hirviendo. Entre chisporreteos, de la nada, apareció una luz cegadora que ya empezaba a resultarle familiar.
 
Ocho minutos en ser decapitado por robar un pan de un puesto en el bazar. Seis minutos en morir envenenado en el lujoso palacio Borgia por beber de la copa equivocada. Cuatro minutos en congelarse en una expedición al Ártico con John Davis. Tres minutos en morir fusilado por el ejército republicano. Tres segundos en romperse la columna entrenando con la selección de gimnasia de la RDA. Siete minutos en morir congelado por segunda vez al quedarse encerrado en la cámara frigoríca de una conocida cadena de comida rápida.
 
Adolfo González, el único ser vivo que vió la luz cegadora en 78 ocasiones, tan torpe que había sido incapaz de sobrevivir más de 11 minutos en ninguna época conocida por el hombre, deseó por un momento volver a su Mazda MX2 y que esta vez no apareciera la jodida luz cegadora con su puta voz profunda. En ese momento, la obstinada y brillante luz cegadora apareció de nuevo.
 
No corrían buenos tiempos. Las protestas ciudadanas, con mayor o menor violencia, eran continuas. Esa misma tarde se habían manifestado miles de personas hartas tras demasiados años de austeridad. Al caer la noche, con las pancartas aún en las aceras y los ecos de las consignas en el aire, el hotel más lujoso de la ciudad recibía a una reducida comitiva de vehículos oficiales fuertemente escoltados. Siete comensales aguardaban en la lujosa mesa presidencial al último de ellos que, una vez más, llegaba tarde. Dieciocho minutos después, un hombre medio calvo de unos 57 años apareció acompañado del maitre, que le seguía afanosamente mientras se deshacía en halagos por volver a verle, algo que ocurría unas dos veces por semana.
 
El hombre se sentó en la mesa pidiendo disculpas con un gesto, a lo que otro comensal se apresuró a decir: – “Señor Ministro por favor, es usted un hombre muy ocupado”. El hombre negó con la cabeza mientras tomaba asiento y le entregaba una tarjeta que se fueron pasando. –”Desde hace dos horas ya no soy ministro”. En la parte inferior de la elegante tarjeta de papel de algodón de 350grs. bajo el logotipo de una importante empresa energética nacional, se podía leer en relieve: Adolfo de González. Consejero Delegado.
 
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La Receta

Los tres presentadores al unísono hincaron sus cucharas en el pequeño cuenco de madera y revolvieron hasta el fondo como si buscaran un premio de roscón. Una vez alzadas y en riguroso desorden, con una actitud sobreactuada y un gesto interesante como de fotografía en blanco y negro de contraportada de libro, probaron lo que el joven aspirante había elaborado.
 
Aquel trío de caras resultaba familiar después de varias temporadas de programa y guardaban perfectamente las normas de todo concurso culinario que se preciara. El cocinero experimentado haciendo alarde de su mal carácter y mucho ojito conmigo. La madurita estirada con aspecto de profesora de posguerra, vara de madera y ropa de firma, y el joven de vida sana al que nadie ha regalado nada y es dueño de un restaurante masía de 900 metros cuadrados reformado por un arquitecto de renombre gracias al sudor de su frente, y no a los millones de sus padres.

El más maduro fue el primero en probar el plato, saboreó el contenido de la cuchara, disimuló sin lograrlo su falta de interés y miró a los focos del plató deslumbrándose un instante. Sus compañeros le siguieron con posturas similares.

La mujer dejó la cuchara y se disponía a sentenciar al concursante, cuando una mano se posó en su teta izquierda y la apretó dos veces. –“mongui, mongui” dijo a ritmo su compañero mientras la miraba sonriente. Sin soltar su pecho, rodeó con el brazo al joven jurado de su izquierda y le morreó en la boca inclinándole hacia atrás hasta casi perder los dos el equilibrio. Este sin titubear le cogió su miembro y lo frotó arriba y abajo a través de su elegante pantalón de vestir. La mujer no se lo pensó, se arrodilló, bajó los pantalones a su compañero más maduro y le comenzó a hacer una felación. Los platos de otros concursantes cayeron al suelo entre mil pedazos de loza e ingredientes de colores emplatados con cursis pinzas de metal. Los concursantes no se atrevían a mover un pelo de sus respectivos fogones, una de las concursantes rompió a llorar, otro concursante se pensó dos veces apuntarse a la degustación. El jurado más joven se desabrochó también su cinturón, se bajó el pantalón y mientras su compañera se la chupaba al otro, cogió y le dio por culo. Ella paró un instante y se giró hacia la mesa para coger una cucharada más del cuenquito de madera. Al volver para seguir con lo que estaba haciendo sus ojos se encendieron y tras meterse el miembro en la boca mordió todo lo fuerte que pudo, su compañero empezó a gritar mientras la golpeaba con las dos manos en la cabeza, cuando se soltó se avalanzó sollozando sobre el cuenco y lo volcó en su boca engullendo todo el contenido que quedaba. Luego cogió un tenedor y se lo hundió en el ojo a su compañero que seguía dándole por culo. Este gritó y cayó al suelo agarrándose al mantel entre fuertes espasmos.

Los equipos de realización continuaron grabando, ninguno fue capaz de reaccionar y a nadie se le ocurrió dar al stop o gritar corten, todo había pasado demasiado rápido y había sido aparentemente normal, aparentemente normal hasta que el joven y delgaducho Humberto, de Vinaros Castellón, con pelo ralo, mirada despistada y un delantal tres tallas más grande, se acercó arrastrando los pies al mostrador del jurado con su pequeño cuenco y contestaba a la pregunta de qué plato había elaborado. – He hecho unas lentejas– susurró timidamente entre las risitas y burlas del jurado.

 

MENÚ GIGANTE. Una historia con almax.

¿Desea el menú completo con patatas y bebida gigante por solo 50 céntimos más?.-
El tamaño gigante, ¿Quién cojones se cree que soy, un puto ñu? pensó frente a la chica con corbata y gorrita de detrás del mostrador.- En los próximos dieciocho minutos lo único gigante que le iba a dar tiempo a comerse era algún marrón del cabrón de su jefe. Y como me ofrezca una de esas mierdas de helado con chocolates de colores, Michael Douglas en un Día de Furia a mi lado va a parecer Ghandi.-

Conchita era una creativa de agencia de publicidad, como tantas, que había sucumbido a las promesas del sueño publicitario de alcanzar fortuna y gloria en versión cañí corta pega a cambio de vender horas de su vida a la empresa por poder ir vestida como quisiera, entrar más tarde a trabajar que sus amigos, y salir mucho más tarde de trabajar que sus amigos. No era guapa ni tenía buen tipo, lo único que podía ofrecer en un mercado tan ambicioso era ir disfrazada a trabajar, sacar el día a día sin demasiada brillantez, y ser un poco ligera de cascos con algún director de medio pelo para lograr que no la echaran. Algo no demasiado fácil para los tiempos que corrían donde el folklore, las fiestas de productoras, agencias y el glamour estaban de capa no caída, arrastrada.

La dependienta bien enseñada en algún curso matrix de formación, propio de cualquier multinacional de comida basura que se precie, le ofreció helado o postre. Conchita levantó la mirada y exprimiendo con rabia en su mano un billete de 5€ medio roto se dirigió a la empleada y le preguntó: – ¿Admiten tarjeta?.

4 horas después, en una mesa del restaurante reposaban 6 bandejas apiladas con los restos de 12 hamburguesas, 5 de ellas con queso, 4 cajas vacías de aros de cebolla, 7 cartones de patatas fritas tamaño grande, 3 cajas de 6 unidades de deditos de pollo empanados, 17 sobres de kétchup chupados, 4 paquetes de salsa barbacoa y 2 vasitos de papel con sus cucharitas donde anteriormente hubo helado de crema, chocolate triturado, cacahuetes de colores y no se sabe cuantas mierdas más llamadas inexplicablemente en formato coloquial, toppings. Todo estaba completamente vacío y destrozado como si hubieran buscado en el fondo de los envases de cartón algo de mucho valor.

Al intentar levantarse, Conchita se balanceó pesadamente, su teléfono móvil vibró por decimocuarta vez y al ver la hora ni se asustó, lo cogió, lo giró apuntándose a si misma con la parte más estrecha como si fuera un bocadillo y se lo metió en la boca. Apretó los dientes con fuerza y al oir un ¡clack!, el móvil dejó de vibrar. Masticó como pudo y uno de los cristales le rajó parte de la lengua y la boca. Notó un cierto escozor en la herida provocados por los restos de kétchup y salsa barbacoa. Cogió 3 servilletas de papel, se limpió y luego se las comió.

Salió del restaurante y en la puerta un hombre extranjero, moreno y sucio, posiblemente rumano, con un vaso de papel que en alguna otra vida debió contener café, le acercó el vaso con cara de pena. Ella lo cogió, lo miró y se lo metió en la boca casi mordiéndole los dedos ante los gritos del rumano que reclamaba los escasos céntimos que supuestamente había en el fondo del vaso.
Llegó a casa y se dirigió al baño, orinó, olvidó limpiarse. Abrió el grifo del lavabo y al coger la pastilla de jabón, la olió, la chupó, y se la comió. Su sabor le fue familiar, gengibre quizás. Recorrió el breve pasillo hasta la cocina y comenzó a abrir impulsivamente las puertas de todos los armarios sacando latas, botes de chocolate, café en polvo, galletas de desayuno, cubitos de caldo, salsas varias, servilletas de papel, sobres de té…

Al despertar, se encontró tirada en el salón compartiendo alfombra con restos de vomito en los que se diferenciaban extrañas texturas y familiares objetos. Pulseras, alguna sortija, un souvenir de Mojácar… Tras unas arcadas consiguió sacarse la bolsa de infusión que colgaba en su esófago en el extremo opuesto de la cuerda de la etiquetita que salía por una comisura de su boca y en la que se podía leer, té verde. Dio un paso y tropezó con un cuenco de plástico redondo, en él aún quedaban algunos restos de lo que podría ser comida de gato de lata, relamió el cacharro, se detuvo un segundo y de un salto salió precipitadamente al balcón hacia el cojín donde recordó que su gata solía salir a tumbarse al sol.

Despertó de noche, sus manos le escocían, tenía cortes y arañazos y no lograba ver con claridad, solo podía abrir su ojo derecho. Con dificultades encontró el mando de la televisión, abrió la tapa de las pilas y dando golpes contra la mesa las sacó y se comió 2 pilas AAA de 1’5v. Hizo lo mismo con otros mandos, de un vídeo VHS marca JVC, un aire acondicionado y el de una minicadena AIWA con doble pletina. Dos de ellas le supieron peor tras comprobar que eran de marca blanca. Una vez hubo terminado con las pilas, desmontó y se comió los botones de goma de los mandos.

El timbre de la puerta la despertó, no paraba de sonar de manera estridente, la habitación estaba llena de objetos rotos, algunos mordidos, no quedaban plantas en las macetas del balcón, ni siquiera arena en los tiestos. Había manchas de sangre seca y alguna muñeca Barbie sin piernas ni cabeza, atravesó la cocina, las puertas estaban abiertas y los armarios vacíos, había todo tipo de restos por el suelo, olía a basura de varios días. Encontró un papel de chocolatina, lo olfateó, lo arrugó y se lo comió. En uno de los armarios debajo de la pila algo de colores le llamó la atención, era una cápsula líquida de detergente de lavavajillas. Explotó de manera divertida al morderla y le recordó a los chicles Boobaloo que a veces tomaba de pequeña, jugó un rato con el líquido verde y azul en su boca y se los tragó. Pasó por el pasillo y fue a coger las llaves para abrir la puerta, el ruido del timbre era insoportable y alguien gritaba su nombre desde fuera. Cogió el llavero de un vacia-bolsillos de mimbre de la entrada y al ritmo de los golpes de la puerta se lo comió. Tuvo algo de dificultad al tragar una de las llaves, aún habiéndolas sacado una a una del llavero de plástico del personaje de dibujos animados de televisión que también se comió. Con la arandela del llavero en cambio no tuvo problema.

El muñeco le provocó arcadas de nuevo, se olvidó del timbre y se dirigió al baño a beber agua, tosió y el sonriente muñequito saltó de su boca. levantó la mirada con los ojos llorosos de los esfuerzos y vio a Conchita en el espejo. Parecía algo más mayor, pero no sabría decir cuanto. Tenía cortes y arañazos en la cara, algunos ya cicatrizados, el ojo izquierdo cerrado, varios dientes partidos. Estaba más gorda, pero a pesar de las marcas, heridas y cicatrices, se veía satisfecha, cansada, pero satisfecha, mucho más que la Conchita que quería alcanzar fortuna y gloria en una agencia de publicidad. Se gustó.

Tras unos minutos pensando en todo lo que había pasado y en todo lo que aún le quedaba por vivir, se miró en el espejo y se preguntó: “¿desea el menú completo a tamaño gigante por el mismo precio?. Sonrió y empezando por su mano derecha, comenzó a comerse.

Ölek. El camionero de Helsinki.

Ölek es considerado el mejor conductor de camiones de toda Finlandia.
Su familia, los Törnqvist, generación tras generación, han participado cosechando decenas de triunfos en las competiciones de camiones cargados de   renos en celo sobre las heladas aguas del lago Øhj. Esta competición solo se celebra en enero, cuando las temperaturas no superan los 35º bajo cero. Solo en esta época se puede controlar la líbido de los renos en celo, además, las probabilidades de que se rompa el hielo del río son un 70% más pequeñas.

Ölek, es el V de los Törnqvist, es conductor de camión desde los 15 años, profesionalmente desde los 20. Lleva 25 años conduciendo su camión por todo el norte y el este de Europa.  Está acostumbrado a hielo, nieve, soledad..

Ölek es frío, inalterable. El camionero perfecto. Tan sólo una vez se vió
levemente distraído de su trabajo en un pequeño club de carretera de los
países bajos. Cerca de Volendamm. Una prostituta llamada Inga casi consiguió
que entregara tarde su camión cisterna de 25 toneladas de pasta de salmón
para hacer paté. Inga, sin hacer uso de sus manos, ni de su boca, intentó robar el anillo de casado de Ölek.
Por razones evidentes, todos los compañeros de Ölek intentaron que esa
historia quedara oculta, así que su imagen continua intacta y toda Finlandia
sigue considerando a Ölek el mejor camionero de Helsinki de todos los
tiempos. Hasta hoy.

Hoy en día Ölek ya no es nada. Ni siquiera participa en las carreras sobre el lago. Ya no come arenque crudo, ni corta árboles con la lima de uñas de su esposa, Elga. Hoy en día Ölek es como si hubiera muerto.

Tras 2 semanas de viaje, atravesando con su SCANIA de más de 12 metros de
largo las regiones escandinavas. Cruzado la frontera francesa, rememorando
los tiempos difíciles contemplando la línea Maginot, y viajando por todo
centro Europa para llegar a la Península Ibérica. Por fín Ölek, llega a su destino. Madrid. Según su reloj, heredado de 6 generaciones, capaz de d ar la hora hasta enlas z onas más remotas del Círculo Polar, en el momento en que quitó el contacto de su SCANIA VB9800i, y retiró la llave tirando de su llavero de piel de alce, eran las 14:57. Las 14:57  del viernes 31 de agosto de 2011. Fecha que  ni Ölek ni ninguno de los Törnqvist olvidarán jamás.

Su entrega, un remolque de 12 metros, con más de 30 palés que contenían
9.000 unidades del ultimísimo modelo Nokia 9700 Prism, Fashion Collection,
Colección Fashion en el idioma local, no pudo efectuarse. El pedido necesitaba  ser entregado urgentísimamente, sin retraso alguno en la fecha indicada por mil millones de razones de vida o muerte, pero ese viernes, al igual que cualquier otro, el cliente salía a las tres.

Publicado en en el fanzine El Ojo Vago de los Tipos Libres. Nº 1.
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23 años de media vida plena. Tributo al Café la Palma.

Llevaba poco más de un año viviendo en Madrid. En Madrid Madrid, porque si lo que no es Tirso de Molina, Sol, Gran Vía y Tribunal no es Madrid, Las Rozas es otro planeta. Un estudio de 15m2 habitables ponía en el contrato. 15m2 “desgraciao”, debieron poner, pero tampoco necesitaba mucho más, siempre he tenido tendencia a estar más fuera de casa que dentro.

Vivir en Madrid era maravilloso, pero en mi barrio fuera de los 12 metros no había nada. Terrazas rancias en verano con gente rancia todo el año. Bares sin pretensiones y el Restaurante Cuenllas. Solo La Montaña se salvaba de tanta monotonía. Un Bar Restaurante regentado por Valentín, así lucía su nombre pegado en el frontal de la cafetera roja de 3 servicios. Cerca había una comisaría y el Parque del Oeste, los extremos se suelen tocar, sobre todo a eso de las 6 de la mañana, hora de apertura del Restaurante Bar La Montaña. Rosales en los 90 no era precisamente Magaluf, aunque si venías de las afueras podías sentirte como en MiniBroadway bajando a Martín de los Heros. Con sus cines y los kebab del Ebla, pero en general la oferta de ocio era limitada.

Los pelos cardados rubios, oros y perlas, bisones y las tartas de merienda a lo Viena Capellanes me llevaron a explorar hacia el norte. Toda una experiencia. Un nuevo Madrid desconocido y fascinante para mí se ocultaba detrás de las escaleras de Plaza de España a las que en un principio me daba miedo subir. Conde Duque, Calle Limón, Comendadoras, Guardia de Corps. Nada estaba de moda, nada era fashion, no había locales de bombillas de filamento ni ladrillo visto. Simplemente era un barrio increíble con lugares increíbles y sobre todo, desconocidos. La taberna de abajo, la de Guardia de Corps, el Maño, La Palmera, Bodegas Rivas, el Estocolmo. Una epilepsia de lugares de ocio.

Paseando por la calle un buen día me encontré con un excompañero de instituto. Nunca tuve trato excesivo con él y lo poco que tuve fue un conflicto en una fiesta que  casi salimos a leches. Me sorprendió su amabilidad y entusiasmo, igual era porque era argentino. Los argentinos son siempre amables y nunca lo hacen por ningún interés, son así, naturales.

Me saludó como si hubíeramos ido juntos no al instituto. Al colegio, al campamento de verano, a la guardería, a natación, a catequesis y a clase de judo (el judo estaba de moda en los 70 antes de que el Tae Kwondo ocupara su lugar. La catequesis está de moda siempre). Había montado un bar y se dirigía a abrirlo para la hora del café, aunque era más bien un buen bar de copas, me vendió. Con conciertos, fiestas, cubatas. Lo que viene siendo un bar de copas.

Me dijo que estaba invitado a ir cuando quisiera y que era bienvenido, así que tomé nota.

Pocas invitaciones se han tomado tan al pie de la letra. Fuí antes de las Aranchas y después de las Aranchas, cuando se podía fumar porros en la mora y cuando ya no se podía fumar porros en la mora, cuando la cantante de Hermanas Sister era rubia y cuando la cantante de Hermanas Sister era morena, cuando la barra estaba enfrente y cuando dejó de estar enfrente. Cuando no había muro antiguo y cuando apareció un muro antiguo de no se sabe dónde.

En todas esas visitas he hecho fotos a los conciertos, he dado el coñazo a los que actuaban en los conciertos, he pedido cacahuetes unas 700 veces, he expuesto mis fotos, aunque no fueran de conciertos, he tomado tequila chocolate, he subido al almacén oficina y he conseguido salir vivo del almacén oficina, he tocado con cuatro grupos diferentes, me he disfrazado en carnaval y casi ligo con Patricia Conde, o eso me pareció.

Podría decir que en el Café La Palma he vivido una vida plena. Pero mentiría, en realidad no ha sido una vida plena. Ha sido media.

Hoy 25 Enero de 2018,  el Café La Palma cumple 23 años, y en 2 semanas yo cumplo 46. Media vida plena de 23 años yendo a ese magnífico lugar. Una casualidad de fechas, o no, que creo haciendo cuentas no se volverá a repetir jamás. A ver.. 24 y 48.. no. 25.. 50..tampoco. Vamos que no, o igual es como uno de esos días que dicen que hay un eclipse que no se repetirá en las próximas 6 vidas y a los 5 meses escuchas en las noticias que va a haber otro eclipse. “No es igual porque el otro era la conjunción lineal de tres astros y este son un astro y un planeta”.- Vale, lo que tu digas, yo lo veo igual.

En cualquier caso brindemos por esta fecha y por las casualidades. Gracias Café La Palma por lo que hemos compartido. Gracias German por estos años, gracias a todos los que recuerdo con cariño que han pasado por allí. A las Aranchas, a Belén que cortaba árboles, a Eric por aguantarnos y hacer que sonáramos mejor de lo que tocábamos, al portero Umpa Lumpa y a todos los demás que igual no me acuerdo bien del nombre pero si de sus caras, y aunque no pondría la mano en el fuego, sé que estuvieron ahí.

Felicidades Café La Palma!!!! Y ojalá toda vida plena, pudiera tener, aunque sea la mitad, de todo lo que hemos vivido los que hemos pasado por ahí.

Esto no es una historia de fútbol. Una fábula de SeñorSanches.

¿Una final de Champions con un equipo español que no era el Madrid?

Si, el Barcelona se exponía abiertamente a una buena dosis de morbo para todo aquel que no fuera culé, y se medía con el Arsenal en Saint Denis. Corrían otros tiempos, no había procès, procéss o proceso… las rivalidades se quedaban en el “puta barca, puta Cataluña”, nadie tenía especial interés ni en irse ni en que se quedaran los demás y las banderas que no fueran blaugranas o blancas eran secundarias. Todo era un sentimiento de odio, meramente deportivo, antes de que la política lo contaminara todo con su habitual caca radiactiva.

Esa tarde noche, el Barça podía lograr su segunda Champions desde la proeza del 91 y hacer que el gol de Koeman no fuera una aislada casualidad. No era un partido de mi equipo, ni siquiera de mi segundo equipo, pero la final despertaba interés. El fútbol puede ser emocionante cuando los equipos que juegan te importan un huevo.

Sonó el teléfono, grata sorpresa de un amigo que suele aparecer de manera puntual y menos habitual de lo que quisiera, pero ahí estaba. Tenía entradas para un concierto en La Riviera y su chica no podía ir porque trabajaba en publicidad. La publicidad es una bonita profesión en la que si trabajas en agencia, tienes planes o entradas para un evento único en la vida, a las seis de la tarde todo está tranquilo y esperas como agua de mayo para irte, ni te lo pienses. Apaga tu ordenador, tu móvil, y huye sin ponerte ni el abrigo. A las 18:45 el teléfono de tu mesa sonará y te quedarás sin concierto y sin evento del año como Judas se quedó sin amigos, aunque llores suplicando que sacaste las entradas al nacer.

Y eso debió ser lo que pasó, porque mi amigo no tenía dos entradas, tenía tres. Probablemente algún compañero que se entretuvo dos minutos poniéndose el abrigo en recepción.

. ¿Un concierto de un grupo que no conozco, entradas compradas hace meses por tu novia la publicista moderna, en La Riviera que dicen que suena mal y dentro de una hora que empieza la final de la Champions?. -“¡Pues claro que voy!”.

Miento, la respuesta no fue tan inmediata. Durante unos segundos salieron un angelito y un diablito en miniatura a ambos lados de mi cabeza haciendo “POP! POP!”. No recuerdo cual habló primero ni quien dijo qué, pero uno susurró: “es la final de Champions, ¿te la vas a perder?“, – y el otro replicó “¿tu eres imbécil?”.

Eso bastó, a la media hora estábamos en el bar de al lado de La Riviera donde queda todo el mundo que va a conciertos a la Riviera.

Unos tercios en el bar, unos minis en la sala, y un concierto increible de un grupo de adolescentes  que tocaban pop inglés y ska de los 60. Todo marinado con unas primeras filas de skins dándose empujones y levantando sus Martens por encima de la cintura, sorteando las peladas cabezas de los de alrededor. Acojonante.

El Barça ganó su flamante copa con unos goles de nosequién en nosequé minuto. Seguramente una fecha inolvidable para muchos. También para nosotros. 17 de marzo de 2006, día que vimos al Sr. – chaval en esa época- Alex Turner y su banda Arctic Monkeys, en su primera gira en directo tocando al completo el  Whatever people say I am, Thats what I´m Not, en un concierto de apenas una hora.

Ese día aprendí algo que me dijeron, poniendose de acuerdo por una vez, el angelito y el diablito de ambos lados de mi cabeza: “Nunca dejes de ir a un concierto por un partido de fútbol”.

EPÍLOGO

11 años después, el Madrid jugaba una nueva final contra la Juventus de Turín. Coincidía con un doble concierto de un amigo y su grupo llamado La Ganga Calé. Eran teloneros de Amparanoia en las fiestas del barrio de Hortaleza. El Madrid ganó otra copa, el angelito y el diablito de mi cabeza hacían sus apuestas deportivas, y yo tomé, entre otras muchas, la foto que encabeza esta historia.

EL Hombre que se enamoró de la luna

El Hombre que se enamoró de la Luna es un programa de radio que toma prestado su nombre de la novela de Tom Spanbauer. Presentado y dirigido magistralmente por Pablo, se graba en directo en el Café La Palma de Madrid y se emite posteriormente en streaming. Programado normalmente cada dos semanas y con una duración de dos horas, puede ser el plan perfecto para una tarde de domingo y todo lo que eso conlleva cuando uno decide apalancarse en casa sin querer mover ni un pié. Un ambiente cercano, intimista y agradable en el que la actualidad, la música y la cultura, logra envolverte de una manera embriagadora, lejos de climas excesivamente pedantes o de ratones hipster de biblioteca y en el que en escasos minutos uno puede sentirse más a gusto que en su sofá, a pesar de estar rodeado de unas 50 personas. @Elhombreluna, nacido en 2006, con 11 temporadas y más de 300 programas de historia, de los que he tenido la suerte de asistir a varios de ellos, me ha hecho sentir muy de cerca a Muchachito, Amparo Sanchez de Amparanoia, Martirio, Manuel Jabois, Pantomima Full, Antonio Lizana, y alguno que otro más que ahora mismo no recuerdo, supongo que por las secuelas de esos fines de semana. Aunque la lista de artistas que han pasado por ese micrófono es interminable y cada cual más increíble: Amaral, Leiva, Gran Gyoming, Vetusta Morla, Coque Malla, Miss Cafeína, Xoel López, Lichis, Quique González, El Munto Today y cientos de personajes más que completan una lista capaz de abrirnos los ojos de par en par solo con mencionarla. Lástima no haber disfrutado de todos ellos, espero no perderme muchos de los que quedan por llegar cualquiera de esas tardes de domingo, lejos de mi manta y mi sofá y rodeado de personajes que pueden hacer que la peor resaca del fin de semana sea maravillosa.

Reportaje fotográfico del programa grabado el 15 de enero de 2018 con Andy Chango, Modelo de Respuesta Polar y Pantomima Full, AQUÍ.

Denthiopia en ABC

Hace años que realizo un trabajo de artículos, imagen gráfica y reportaje fotográfico para Denthiopia, una ONG de asistencia dental en África que nació hace años gracias a unos amigos dentistas y de la que formo parte. Hoy arranca la VI edición con una nueva expedición a Addis Abeba. ABC durante la expedición irá publicando crónicas del viaje creadas por el equipo Denthiopia de estaa campaña que parte ya por 5º año consecutivo. La foto de SeñorSanches de la Sala de Espera. es una de nuestras favoritas. Luego en la sección de Sociedad publican otro artículo con parte de la entrevista a Alejandro Soto, uno de los creadores de Denthiopia y donde cuenta un poco más el proyecto. Gracias ABC por apoyarnos y contar lo que hacemos.

Para más fotos y articulos: denthiopia.org

Logo Denthiopia VI Edición.

 

Sebastião Salgado y Señora

Sebastião Salgado es uno de los fotógrafos, reporteros y documentalistas más grandes de comienzos del siglo XXI. Su increíble trabajo se puede ver en exposiciones de todo el mundo, cuenta con decenas de publicaciones, varios premios y libros traducidos en múltiples idiomas. Para conocerlo mejor, nada más rápido y ameno que el documental “La Sal de la Tierra” donde podemos contemplar su gran trabajo y trayectoria en pantalla grande (siempre y cuando se vea en cine, o uno tenga una buena TV de 42 o más pulgadas) con una fotografía y tratamiento excepcional. El documental es un recorrido desde sus intrépidos y juveniles tiempos de cámara y mochila, hasta hoy,  donde puede fotografiar osos polares, o lo que quiera en cualquier parte del mundo que se le antoje con los medios que necesite, por ejemplo en helicóptero al mismo centro del Ártico posándose en las mismas narices del hambriento oso.  Se lo puede permitir, es Sebastião Salgado y ya ha demostrado, y mostrado, de qué es capaz.

En la “Sal de la Tierra” además del trabajo, valentía e inquietud por fotografiar desde las minas de oro de Serra Pelada en Brasil, hasta pozos de petroleo quemados por Saddam Hussein en Kuwait en la Guerra del Golfo del 91, queda claro cual es el protagonista absoluto del film junto con sus maravillosas fotos. Sebastião se va a África, Sebastião se va a la India, Sebastião fotografía pingüinos, Sebastião conoce tribus y culturas, Sebastião se juega la vida en la guerrilla, Sebastião visita lugares fascinantes, y Sebastião nos transmite sobrecogedora angustia con sus imágenes de guerras y conflictos bélicos. Todo es Sebastião, y aún más justificado cuando el documental está realizado magníficamente por su hijo Juliano Ribeiro y un tal Wim Wenders.

Desierto en llamas. Kuwait 1991. Sebastião Salgado.

Pero llevar una vida de ese estilo es más que sacrificado. Sebastião se va de casa durante largos meses, desaperece, sin móvil, sin GPS, sin cabinas, en un mundo donde el tiempo y las distancias no son como ahora. Hoy aquí, mañana allí, un conflicto allá y Sebastião puede parecer un tipo independiente y solitario, pero no lo es del todo, en casa le espera su mujer.

La Señora Salgado, a los pocos años de contraer matrimonio, vende parte de sus cosas de valor y deja su trabajo para poder comprar un equipo de fotografía y ayudar a su marido. La Señora Salgado se hace cargo del cuidado y educación de sus dos hijos, sufriendo uno de ellos una discapacidad, y la Señora Salgado pasa semanas, meses, incluso años haciendo vida familiar mientras su marido es lo más parecido a un soldado romano, que desaparece para acudir de manera constante a peligrosas campañas sin retorno en el culo del mundo, mientras ella permanece en el hogar cuidando de sus hijos y haciendo las tareas cotidianas.

Pero lo más admirable no es la faceta paciente y familiar de la Sra. Salgado. No queda resignada en casa haciendo calceta mientras su marido viaja. A su retorno, recoge todo el material fotográfico captado por Sebastião en las Indias, las Áfricas o donde quiera que haya estado, lo selecciona, documenta y archiva. Se encarga de los revelados, de la postproducción, trabajo de estudio, retoque de imágenes, de preparar las colecciones, del trabajo editorial, contenidos para los libros impresos y de todo lo necesario para montar las exposiciones. En resumen, realiza todo lo que ha hecho que el trabajo de más de 30 años de Sebastião Salgado sea visible y esté donde está.

Nunca sabremos si de no haber realizado todo eso su esposa se hubiera encargado otra persona, o si cualquier otra pareja hubiera hecho las maletas a la tercera escapada a las Áfricas y hubiera quemado todos los carretes en un contenedor junto con algunas cartas de su ex. O si se hubiera dedicado a la vida de farándula en ausencia constante de su marido y los carretes aún permanecerían en un cajón, medio caducados sin revelar y sin saber cual es cual. Pero lo que está claro es que de no ser por la Sra. Salgado, o mejor dicho Lélia Wanick Salgado, y siempre basando nuestra opinión en lo que cuenta el maravillo documental “La Sal de la Tierra”  de Wim Wenders, no hubiera habido tierra y mucho menos sal.

Gracias, Lélia por tu trabajo, y porque tu amor a la fotografía ha sido, si cabe, aún mayor que el que pueda tener el Gran Sebastião.

Tu amigo Photoshop

El Photoshop se mira y juzga muchas veces con desprecio porque se considera un invento moderno que distorsiona la realidad de las fotografías. Pero realmente el retoque fotográfico ha existido desde siempre en la fotografía profesional, tanto en moda, como en retratos, publicidad, incluso en manipulación de imágenes documentales y de reportaje. La diferencia es que lo que ahora se aplica con filtros o capas en cuestión de minutos, antes requería horas de trabajo de estudio, máscaras, y pruebas de cuarto oscuro. Pero el retoque de una fotografía no siempre es adulterar la fotografía original con el único fin de engañar (como en este ejemplo de la revista Interviú), es también una parte fundamental del proceso de trabajo para lograr el resultado final.