Jerry Gonzalez (1949-2018)

 

A veces al viajar a otros paises buscando en guías o programas de cultura qué hacer o dónde ir al caer la noche, siento envidia al ver que algún grande de la música actúa ese mismo día en un café cualquiera como el que se toma un whisky en el salón de casa.

Esto es porque los artistas en ocasiones, como decía Cole en el Sexto Sentido, no solo visitan ciudades esperando llenar un Wizink Center o un estadio de fútbol,  también viven en ellas.

En Madrid más allá de encontrarnos algún clásico del POP español, como un Ramón Arroyo de Los Secretos tocando en el Honky, un Ara Malikian antes de  que fuera tan conocido, pocas veces tiene uno la ocasión de compartir barrio con un grande y que además actúe de manera frecuente a pocas manzanas de casa.

Pues lo hay y se llama Jerry Gonzalez. Nacido en Manhattan en 1949, de ascendencia puertoriqueña al más puro West Side Story, es uno de los grandes creadores del  latin jazz y vive en Lavapiés.

No recuerdo bien el número de veces que he visto su nombre en el denso cartel del programa bimensual de la Sala Clamores, compartiendo espacio con Chano Dominguez, el Gran Wyoming, alguna banda primeriza, o Un Pingüino en Mi Ascensor. Era un fijo infiltrado habitualmente entre los casi 50 artistas de la programación.

Sí que recuerdo bien las dos veces que tuve la suerte de verle tocar. La primera de ellas con una formación excepcional, o eso anunciaba la prensa, pero alejado del latin jazz. Como suelo decir cuando se trata de un concierto para entendidos del jazz, que no es mi caso, era un concierto para listos. Espectacular a la par que intenso.

La inquietud por verle en su verdadero género me hizo repetir y la segunda vez fue  pocas semanas después, día que realicé este reportaje. Era noviembre de 2011 y formaba parte del programa del Festival de Jazz de Madrid,  y si, esta vez en su salsa. De nuevo con su trompeta, sus congas, pero con su banda habitual y unos desconcertantes e increíbles ritmos latinos con una elegancia que parece mentira tengan sus raices a menos de 5 planetas del reaggeton.

Si hay algo que tiene la música latina, aunque los artistas punteros actuales más comerciales se empeñen en mostrarnos lo contrario, es que sus músicos han tenido una base y una técnica basada en el estudio, la dedicación, el conocimiento y la cultura, muy por encima en muchos casos de la mayoría de las bandas de pop o rock europeas. Tienen carreras musicales y raices de conservatorio, es algo que llevan en la sangre y queda demostrado cuando ves en directo un concierto de Chano Dominguez, Buena Vista, o en este caso Jerry Gonzalez.

Pero volviendo a ese día de noviembre, a veces se echa de menos que las mesas de la sala Clamores no tengan ruedas y parezcan clavadas al suelo como las del vagón restaurante de un tren. Yo no soy de bailar, pero en un concierto así hace falta espacio. Las dos horas que duró fueron increíbles y salí prometiendo acudir a sus conciertos regularmente, pero igual que le dices a un amigo “a ver si nos vemos más”, nunca sucedió.

De esa noche me quedará el recuerdo de ver a Jerry de cerca, sonriendo con sus gafas de sol como si estuviera tomando un whisky en el salón de su casa a plena luz del día, al fin y al cabo La Sala Clamores lo era. Y me queda este reportaje que sin querer se ha convertido, por desgracia, en algo único para mí. Hace pocos días el infortunio y la mala suerte se pusieron de acuerdo y un incendio en su edificio acabó con su vida por inhalación de humos. Un simple accidente que no dejará que vuelva a estar en el cartel de programación bimensual de la Sala Clamores compartiendo renglón con Chano, Pinguino, Daniel, o cualquier otro que ese mes tuviera la suerte de aparecer en el mismo poster. Otro grande que nos deja y que por una vez no veremos las imágenes de velas y flores en algún barrio de Londres, Berlín, o Nueva York. Esta vez ese grande vivía en Lavapiés.

Hasta siempre Jerry.