La luz cegadora

Adolfo González era, según sus vecinos, un chico muy normal. Bien educado y amable, abría la puerta a los mayores, saludaba atentamente, separaba las basuras en los contenedores de color… Nadie tenía queja alguna. Era un chico muy normal hasta que un tráiler de seis ejes que venía de Almería cargado con nueve vigas de hormigón de 12 metros perdió el control y cuatro de ellas cayeron sobre su Mazda MX2 cabrio en el km 13 de la A-1 dirección San Sebastián de Los Reyes, cuando cantaba with or without you, sonando a todo volumen en su radiocassette Aiwa.
Horas después, el operario de la grúa ya había conseguido levantar la última de las vigas y les llegaba el turno a los bomberos. Chapa, cuero, cristal de parabrisas, cristal de Nokia, neumático Dunlop, U2, pelos castaños, tela de Levi’s 501, plástico… Todo era uno, y de un espesor no mayor de 12 cm.
 
No está demasiado claro qué parte de Adolfo vio la brillante luz, pero la vio. Y también la escuchó. Una luz cegadora que se dirigió a él con una voz profunda y le transmitió paz y tranquilidad desde el mechón de pelo pegado a la palanca del limpiaparabrisas, hasta el dedo pequeño del pie que ya formaba parte de la pastilla de freno marca Bendix de la rueda delantera izquierda.
 
– “Adolfo, has tenido una vida plena, con experiencias y alegrías, pero demasiado corta. A veces las circunstancias nos conducen a un desenlace injusto y, por desgracia, no siempre está en nuestra mano cambiarlas. Pero esta vez has tenido suerte y te voy a dar otra oportunidad, algo excepcional que no todos tienen la fortuna de disfrutar. Adolfo, vas a volver a la tierra pero, para no asustar a los familiares que te vieron morir, tendrá que ser en otra época. La primera que se te pase por la cabeza será la elegida”.
 
Adolfo se consideraba un cromagnon afortunado mientras corría alegremente por la orilla de la laguna, luciendo ágil y fuerte con su lanza de madera y hueso fabricada por él mismo. Vestía una flamante piel de búfalo y se sentía libre, sagaz y lleno de energía. Regresaba hacia su cueva cuando se detuvo un instante arrodillándose para beber en la orilla de la laguna. Fue al levantar la vista cuando a lo lejos divisó a una bonita hembra que desnuda se atusaba el cabello. Era una belleza espectacular y primitiva. Primitiva como el tigre dientes de sable (smilodon) que saltó con sus garras sobre él, atravesándole la espalda y desgarrando sus pulmones. Adolfo agitó sus brazos fuertemente contra el agua y, mientras escupía abundate sangre por la boca alargó el brazo desesperadamente en busca de su lanza. A punto estaba de alcanzarla cuando un cocodrilo de dos toneladas, también muy primitivo él, surgió del fango y le arrancó medio tronco sumergiéndose rápidamente, y dejando como única presa para el tigre dientes de sable los pocos restos del tren inferior de Adolfo de pantorrilla para abajo. No se sabe cuál de las dos mitades de Adolfo fue, pero una de ellas vio una brillante luz cegadora.
 
El mar estaba picado y el viento soplaba con fuerza. El ambiente entre la tripulación era hostil, hacía semanas que el capitán había anunciado la llegada a las Indias y nada parecía indicar que estuvieran cerca de llegar a puerto. Todos se alinearon para recibir el cuenco de madera con la escasa ración diaria de rancho. El hambre y el sol eran una mezcla insoportable. Adolfo vestía como el resto de marineros, pero con aspecto más cuidado. Peinado, afeitado y con la camisa metida por dentro del pantalón. Decidió comer su ración en una barandilla a babor, junto a uno de los marineros que parecía más amable. El marinero le sonrió, le dio unas palmaditas en el hombro y, sujetando el cuenco, le tiró por la borda. Adolfo cayó al mar ya sin conocimiento después de golpearse en la cabeza con el casco de la carabela. No se escuchó ningún grito de auxilio, ni ningún “¡hombre al agua!”. Sus sesos flotando no tardaron en alertar a una multitud de peces de diferentes tamaños, colores y texturas que se apuntaron al festín. Milésimas de segundo antes de que el último pedacito fuese engullido por una sardinita de unos 100grs, una brillante luz cegadora pudo verse bajo el agua.
 
¡Lleva estas ballestas al torreón, novato! ¡El enemigo está trepando por la muralla sur! – Le gritó en la cara un tipo sucio con armadura, nariz rota, mal aliento y yelmo agujereado. Adolfo cogió las ballestas y corrió por la almena del muro oeste entre flechas silvando, gritos y explosiones. El castillo estaba sitiado y el hedor a aceite hirviendo y carne quemada era insoportable. Fue tras atravesar el torreón, mientras bajaba los grandes peldaños que conducían a la muralla sur, cuando resbaló con el charco de aceite. Un crujido en la pierna seguido de un fuerte golpe en las costillas acabaron con las ballestas desparramadas. Un chasquido en el cuello fue lo último que escuchó antes de caer en la olla de aceite hirviendo. Entre chisporreteos, de la nada, apareció una luz cegadora que ya empezaba a resultarle familiar.
 
Ocho minutos en ser decapitado por robar un pan de un puesto en el bazar. Seis minutos en morir envenenado en el lujoso palacio Borgia por beber de la copa equivocada. Cuatro minutos en congelarse en una expedición al Ártico con John Davis. Tres minutos en morir fusilado por el ejército republicano. Tres segundos en romperse la columna entrenando con la selección de gimnasia de la RDA. Siete minutos en morir congelado por segunda vez al quedarse encerrado en la cámara frigoríca de una conocida cadena de comida rápida.
 
Adolfo González, el único ser vivo que vió la luz cegadora en 78 ocasiones, tan torpe que había sido incapaz de sobrevivir más de 11 minutos en ninguna época conocida por el hombre, deseó por un momento volver a su Mazda MX2 y que esta vez no apareciera la jodida luz cegadora con su puta voz profunda. En ese momento, la obstinada y brillante luz cegadora apareció de nuevo.
 
No corrían buenos tiempos. Las protestas ciudadanas, con mayor o menor violencia, eran continuas. Esa misma tarde se habían manifestado miles de personas hartas tras demasiados años de austeridad. Al caer la noche, con las pancartas aún en las aceras y los ecos de las consignas en el aire, el hotel más lujoso de la ciudad recibía a una reducida comitiva de vehículos oficiales fuertemente escoltados. Siete comensales aguardaban en la lujosa mesa presidencial al último de ellos que, una vez más, llegaba tarde. Dieciocho minutos después, un hombre medio calvo de unos 57 años apareció acompañado del maitre, que le seguía afanosamente mientras se deshacía en halagos por volver a verle, algo que ocurría unas dos veces por semana.
 
El hombre se sentó en la mesa pidiendo disculpas con un gesto, a lo que otro comensal se apresuró a decir: – “Señor Ministro por favor, es usted un hombre muy ocupado”. El hombre negó con la cabeza mientras tomaba asiento y le entregaba una tarjeta que se fueron pasando. –”Desde hace dos horas ya no soy ministro”. En la parte inferior de la elegante tarjeta de papel de algodón de 350grs. bajo el logotipo de una importante empresa energética nacional, se podía leer en relieve: Adolfo de González. Consejero Delegado.
 
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