La Receta

Los tres presentadores al unísono hincaron sus cucharas en el pequeño cuenco de madera y revolvieron hasta el fondo como si buscaran un premio de roscón. Una vez alzadas y en riguroso desorden, con una actitud sobreactuada y un gesto interesante como de fotografía en blanco y negro de contraportada de libro, probaron lo que el joven aspirante había elaborado.
 
Aquel trío de caras resultaba familiar después de varias temporadas de programa y guardaban perfectamente las normas de todo concurso culinario que se preciara. El cocinero experimentado haciendo alarde de su mal carácter y mucho ojito conmigo. La madurita estirada con aspecto de profesora de posguerra, vara de madera y ropa de firma, y el joven de vida sana al que nadie ha regalado nada y es dueño de un restaurante masía de 900 metros cuadrados reformado por un arquitecto de renombre gracias al sudor de su frente, y no a los millones de sus padres.

El más maduro fue el primero en probar el plato, saboreó el contenido de la cuchara, disimuló sin lograrlo su falta de interés y miró a los focos del plató deslumbrándose un instante. Sus compañeros le siguieron con posturas similares.

La mujer dejó la cuchara y se disponía a sentenciar al concursante, cuando una mano se posó en su teta izquierda y la apretó dos veces. –“mongui, mongui” dijo a ritmo su compañero mientras la miraba sonriente. Sin soltar su pecho, rodeó con el brazo al joven jurado de su izquierda y le morreó en la boca inclinándole hacia atrás hasta casi perder los dos el equilibrio. Este sin titubear le cogió su miembro y lo frotó arriba y abajo a través de su elegante pantalón de vestir. La mujer no se lo pensó, se arrodilló, bajó los pantalones a su compañero más maduro y le comenzó a hacer una felación. Los platos de otros concursantes cayeron al suelo entre pedazos de loza e ingredientes de colores emplatados con cursis pinzas de metal. Los concursantes no se atrevían a mover un pelo de sus respectivos fogones, una de las concursantes rompió a llorar, otro concursante se pensó dos veces apuntarse. El jurado más joven se desabrochó también, se bajó el pantalón y mientras su compañera se la chupaba al otro le dio por culo. Ella paró un instante y se giró hacia la mesa para coger una cucharada más del cuenquito de madera. Al volver para seguir con lo que estaba haciendo sus ojos se encendieron y tras meterse el miembro en la boca mordió todo lo fuerte que pudo, su compañero empezó a gritar mientras la golpeaba con las dos manos en la cabeza, cuando se soltó se avalanzó sollozando sobre el cuenco y lo volcó en su boca engullendo todo el contenido que quedaba. Luego cogió un tenedor y se lo hundió en el ojo a su compañero que seguía dándole por culo. Este gritó y cayó al suelo agarrándose al mantel entre fuertes espasmos.

Los equipos de realización continuaron grabando, ninguno fue capaz de reaccionar y a nadie se le ocurrió dar al stop o gritar corten, todo había pasado demasiado rápido y había sido aparentemente normal, aparentemente normal hasta que el joven y delgaducho Humberto, de Vinaros Castellón, con pelo ralo, mirada despistada y un delantal tres tallas más grande, se acercó arrastrando los pies al mostrador del jurado con su pequeño cuenco y contestaba a la pregunta de qué plato había elaborado. – He hecho unas lentejas– susurró timidamente entre las risitas y burlas del jurado.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *