MENÚ GIGANTE. Una historia con almax.

¿Desea el menú completo con patatas y bebida gigante por solo 50 céntimos más?.-
El tamaño gigante, ¿Quién cojones se cree que soy, un puto ñu? pensó frente a la chica con corbata y gorrita de detrás del mostrador.- En los próximos dieciocho minutos lo único gigante que le iba a dar tiempo a comerse era algún marrón del cabrón de su jefe. Y como me ofrezca una de esas mierdas de helado con chocolates de colores, Michael Douglas en un Día de Furia a mi lado va a parecer Ghandi.-

Conchita era una creativa de agencia de publicidad, como tantas, que había sucumbido a las promesas del sueño publicitario de alcanzar fortuna y gloria en versión cañí corta pega a cambio de vender horas de su vida a la empresa por poder ir vestida como quisiera, entrar más tarde a trabajar que sus amigos, y salir mucho más tarde de trabajar que sus amigos. No era guapa ni tenía buen tipo, lo único que podía ofrecer en un mercado tan ambicioso era ir disfrazada a trabajar, sacar el día a día sin demasiada brillantez, y ser un poco ligera de cascos con algún director de medio pelo para lograr que no la echaran. Algo no demasiado fácil para los tiempos que corrían donde el folklore, las fiestas de productoras, agencias y el glamour estaban de capa no caída, arrastrada.

La dependienta bien enseñada en algún curso matrix de formación, propio de cualquier multinacional de comida basura que se precie, le ofreció helado o postre. Conchita levantó la mirada y exprimiendo con rabia en su mano un billete de 5€ medio roto se dirigió a la empleada y le preguntó: – ¿Admiten tarjeta?.

4 horas después, en una mesa del restaurante reposaban 6 bandejas apiladas con los restos de 12 hamburguesas, 5 de ellas con queso, 4 cajas vacías de aros de cebolla, 7 cartones de patatas fritas tamaño grande, 3 cajas de 6 unidades de deditos de pollo empanados, 17 sobres de kétchup chupados, 4 paquetes de salsa barbacoa y 2 vasitos de papel con sus cucharitas donde anteriormente hubo helado de crema, chocolate triturado, cacahuetes de colores y no se sabe cuantas mierdas más llamadas inexplicablemente en formato coloquial, toppings. Todo estaba completamente vacío y destrozado como si hubieran buscado en el fondo de los envases de cartón algo de mucho valor.

Al intentar levantarse, Conchita se balanceó pesadamente, su teléfono móvil vibró por decimocuarta vez y al ver la hora ni se asustó, lo cogió, lo giró apuntándose a si misma con la parte más estrecha como si fuera un bocadillo y se lo metió en la boca. Apretó los dientes con fuerza y al oir un ¡clack!, el móvil dejó de vibrar. Masticó como pudo y uno de los cristales le rajó parte de la lengua y la boca. Notó un cierto escozor en la herida provocados por los restos de kétchup y salsa barbacoa. Cogió 3 servilletas de papel, se limpió y luego se las comió.

Salió del restaurante y en la puerta un hombre extranjero, moreno y sucio, posiblemente rumano, con un vaso de papel que en alguna otra vida debió contener café, le acercó el vaso con cara de pena. Ella lo cogió, lo miró y se lo metió en la boca casi mordiéndole los dedos ante los gritos del rumano que reclamaba los escasos céntimos que supuestamente había en el fondo del vaso.
Llegó a casa y se dirigió al baño, orinó, olvidó limpiarse. Abrió el grifo del lavabo y al coger la pastilla de jabón, la olió, la chupó, y se la comió. Su sabor le fue familiar, gengibre quizás. Recorrió el breve pasillo hasta la cocina y comenzó a abrir impulsivamente las puertas de todos los armarios sacando latas, botes de chocolate, café en polvo, galletas de desayuno, cubitos de caldo, salsas varias, servilletas de papel, sobres de té…

Al despertar, se encontró tirada en el salón compartiendo alfombra con restos de vomito en los que se diferenciaban extrañas texturas y familiares objetos. Pulseras, alguna sortija, un souvenir de Mojácar… Tras unas arcadas consiguió sacarse la bolsa de infusión que colgaba en su esófago en el extremo opuesto de la cuerda de la etiquetita que salía por una comisura de su boca y en la que se podía leer, té verde. Dio un paso y tropezó con un cuenco de plástico redondo, en él aún quedaban algunos restos de lo que podría ser comida de gato de lata, relamió el cacharro, se detuvo un segundo y de un salto salió precipitadamente al balcón hacia el cojín donde recordó que su gata solía salir a tumbarse al sol.

Despertó de noche, sus manos le escocían, tenía cortes y arañazos y no lograba ver con claridad, solo podía abrir su ojo derecho. Con dificultades encontró el mando de la televisión, abrió la tapa de las pilas y dando golpes contra la mesa las sacó y se comió 2 pilas AAA de 1’5v. Hizo lo mismo con otros mandos, de un vídeo VHS marca JVC, un aire acondicionado y el de una minicadena AIWA con doble pletina. Dos de ellas le supieron peor tras comprobar que eran de marca blanca. Una vez hubo terminado con las pilas, desmontó y se comió los botones de goma de los mandos.

El timbre de la puerta la despertó, no paraba de sonar de manera estridente, la habitación estaba llena de objetos rotos, algunos mordidos, no quedaban plantas en las macetas del balcón, ni siquiera arena en los tiestos. Había manchas de sangre seca y alguna muñeca Barbie sin piernas ni cabeza, atravesó la cocina, las puertas estaban abiertas y los armarios vacíos, había todo tipo de restos por el suelo, olía a basura de varios días. Encontró un papel de chocolatina, lo olfateó, lo arrugó y se lo comió. En uno de los armarios debajo de la pila algo de colores le llamó la atención, era una cápsula líquida de detergente de lavavajillas. Explotó de manera divertida al morderla y le recordó a los chicles Boobaloo que a veces tomaba de pequeña, jugó un rato con el líquido verde y azul en su boca y se los tragó. Pasó por el pasillo y fue a coger las llaves para abrir la puerta, el ruido del timbre era insoportable y alguien gritaba su nombre desde fuera. Cogió el llavero de un vacia-bolsillos de mimbre de la entrada y al ritmo de los golpes de la puerta se lo comió. Tuvo algo de dificultad al tragar una de las llaves, aún habiéndolas sacado una a una del llavero de plástico del personaje de dibujos animados de televisión que también se comió. Con la arandela del llavero en cambio no tuvo problema.

El muñeco le provocó arcadas de nuevo, se olvidó del timbre y se dirigió al baño a beber agua, tosió y el sonriente muñequito saltó de su boca. levantó la mirada con los ojos llorosos de los esfuerzos y vio a Conchita en el espejo. Parecía algo más mayor, pero no sabría decir cuanto. Tenía cortes y arañazos en la cara, algunos ya cicatrizados, el ojo izquierdo cerrado, varios dientes partidos. Estaba más gorda, pero a pesar de las marcas, heridas y cicatrices, se veía satisfecha, cansada, pero satisfecha, mucho más que la Conchita que quería alcanzar fortuna y gloria en una agencia de publicidad. Se gustó.

Tras unos minutos pensando en todo lo que había pasado y en todo lo que aún le quedaba por vivir, se miró en el espejo y se preguntó: “¿desea el menú completo a tamaño gigante por el mismo precio?. Sonrió y empezando por su mano derecha, comenzó a comerse.

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