Sebastião Salgado y Señora

Sebastião Salgado es uno de los fotógrafos, reporteros y documentalistas más grandes de comienzos del siglo XXI. Su increíble trabajo se puede ver en exposiciones de todo el mundo, cuenta con decenas de publicaciones, varios premios y libros traducidos en múltiples idiomas. Para conocerlo mejor, nada más rápido y ameno que el documental “La Sal de la Tierra” donde podemos contemplar su gran trabajo y trayectoria en pantalla grande (siempre y cuando se vea en cine, o uno tenga una buena TV de 42 o más pulgadas) con una fotografía y tratamiento excepcional. El documental es un recorrido desde sus intrépidos y juveniles tiempos de cámara y mochila, hasta hoy,  donde puede fotografiar osos polares, o lo que quiera en cualquier parte del mundo que se le antoje con los medios que necesite, por ejemplo en helicóptero al mismo centro del Ártico posándose en las mismas narices del hambriento oso.  Se lo puede permitir, es Sebastião Salgado y ya ha demostrado, y mostrado, de qué es capaz.

En la “Sal de la Tierra” además del trabajo, valentía e inquietud por fotografiar desde las minas de oro de Serra Pelada en Brasil, hasta pozos de petroleo quemados por Saddam Hussein en Kuwait en la Guerra del Golfo del 91, queda claro cual es el protagonista absoluto del film junto con sus maravillosas fotos. Sebastião se va a África, Sebastião se va a la India, Sebastião fotografía pingüinos, Sebastião conoce tribus y culturas, Sebastião se juega la vida en la guerrilla, Sebastião visita lugares fascinantes, y Sebastião nos transmite sobrecogedora angustia con sus imágenes de guerras y conflictos bélicos. Todo es Sebastião, y aún más justificado cuando el documental está realizado magníficamente por su hijo Juliano Ribeiro y un tal Wim Wenders.

Desierto en llamas. Kuwait 1991. Sebastião Salgado.

Pero llevar una vida de ese estilo es más que sacrificado. Sebastião se va de casa durante largos meses, desaperece, sin móvil, sin GPS, sin cabinas, en un mundo donde el tiempo y las distancias no son como ahora. Hoy aquí, mañana allí, un conflicto allá y Sebastião puede parecer un tipo independiente y solitario, pero no lo es del todo, en casa le espera su mujer.

La Señora Salgado, a los pocos años de contraer matrimonio, vende parte de sus cosas de valor y deja su trabajo para poder comprar un equipo de fotografía y ayudar a su marido. La Señora Salgado se hace cargo del cuidado y educación de sus dos hijos, sufriendo uno de ellos una discapacidad, y la Señora Salgado pasa semanas, meses, incluso años haciendo vida familiar mientras su marido es lo más parecido a un soldado romano, que desaparece para acudir de manera constante a peligrosas campañas sin retorno en el culo del mundo, mientras ella permanece en el hogar cuidando de sus hijos y haciendo las tareas cotidianas.

Pero lo más admirable no es la faceta paciente y familiar de la Sra. Salgado. No queda resignada en casa haciendo calceta mientras su marido viaja. A su retorno, recoge todo el material fotográfico captado por Sebastião en las Indias, las Áfricas o donde quiera que haya estado, lo selecciona, documenta y archiva. Se encarga de los revelados, de la postproducción, trabajo de estudio, retoque de imágenes, de preparar las colecciones, del trabajo editorial, contenidos para los libros impresos y de todo lo necesario para montar las exposiciones. En resumen, realiza todo lo que ha hecho que el trabajo de más de 30 años de Sebastião Salgado sea visible y esté donde está.

Nunca sabremos si de no haber realizado todo eso su esposa se hubiera encargado otra persona, o si cualquier otra pareja hubiera hecho las maletas a la tercera escapada a las Áfricas y hubiera quemado todos los carretes en un contenedor junto con algunas cartas de su ex. O si se hubiera dedicado a la vida de farándula en ausencia constante de su marido y los carretes aún permanecerían en un cajón, medio caducados sin revelar y sin saber cual es cual. Pero lo que está claro es que de no ser por la Sra. Salgado, o mejor dicho Lélia Wanick Salgado, y siempre basando nuestra opinión en lo que cuenta el maravillo documental “La Sal de la Tierra”  de Wim Wenders, no hubiera habido tierra y mucho menos sal.

Gracias, Lélia por tu trabajo, y porque tu amor a la fotografía ha sido, si cabe, aún mayor que el que pueda tener el Gran Sebastião.

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